Creo que una de las cosas más difíciles para quienes sufrimos de depresión y/o ansiedad es reconocer el origen de las experiencias que nos llevaron a sentirnos así. Siempre se recomienda buscar ayuda profesional —y considero que es algo muy importante—. La mente tiene una manera muy particular de protegernos, incluso bloqueando o distorsionando recuerdos que nos lastiman. Pero también creo que, muchas veces, podemos reconocer de dónde vienen algunas de nuestras heridas; solo tenemos que aprender a identificarlas y atrevernos a buscarlas.
Yo tenía una idea vaga de cuáles podían ser esos eventos o momentos de mi vida, pero durante mucho tiempo los consideré simplemente situaciones que uno no puede controlar. Sin embargo, con el paso de los años, comencé a entender que algunas de esas experiencias contribuyeron a desarrollar en mí:
- Depresión
- Sentimiento de abandono
- Aislamiento social
- Insomnio
- Ansiedad
El primer evento que recuerdo con mucha claridad fue la separación de mis padres. No recuerdo exactamente cuándo ocurrió, pero debió ser entre 1985 y 1986. Yo apenas tenía seis años y nos dieron la “oportunidad” de decidir con quién queríamos quedarnos.
Por lógica, y porque a esa edad uno busca aferrarse a lo conocido para evitar todavía más cambios, decidí quedarme con mi papá.
Lo que no sabía en ese momento era que los dos años siguientes serían los más solitarios y deprimentes de mi infancia, y probablemente los que más marcarían a la persona que soy ahora.
La depresión llegó a un nivel en el que tuve problemas de anemia porque, sencillamente, había dejado de comer. Fue durante esos años cuando aparecieron también mis primeros sentimientos de no querer continuar viviendo.
Afortunadamente, en 1988 dejé la casa de mi papá y me mudé con mi mamá. Honestamente, tampoco era una vida perfecta —nadie la tiene—, pero aquel cambio fue algo positivo para mí.
Desafortunadamente, el daño ya estaba hecho.
Y yo todavía no sabía lo que venía por delante.

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